La inflación y sus desafíos - Por Tomás Raffo



Desde el 2007 la economía argentina convive con una inflación que supera los dos dígitos. Salvo en el 2009 —cuando la tasa de precios minoristas se ubicó alrededor del 15%—, en los otros años la misma ha estado en torno del 25%. El caso más grave lo expresa el alza de precios en los alimentos, la cual ha estado por lo general 10 puntos porcentuales por encima del nivel general.



El fenómeno inflacionario produce efectos relevantes, al tiempo que reconoce causas que es imprescindible reconocer si se pretende resolverlas. Entre los principales efectos se cuenta sin duda el congelamiento que en términos de recomposición social produce la inflación, puesto que esteriliza los aumentos que sobre los salarios, jubilaciones y planes sociales se consiguen cada año. En este sentido pueda afirmarse que desde el 2007 para acá, en términos de recomposición del nivel de vida de los argentinos, la situación se mantiene en promedio estancada. De todos modos es necesario reconocer que el estancamiento no se percibe como tal, toda vez que el fenómeno inflacionario se vive en el marco de una cierta ilusión monetaria, ya que cuando los aumentos se producen, más allá de que vienen a recuperar la pérdida adquisitiva previa, suponen un aumento real, aunque transitorio, en el nivel de vida de los que lo perciben. La principal causa que explica el fenómeno inflacionario supone la constatación del fracaso del dispositivo de política económica vigente, razón por la cual el Gobierno pretende negarla. Dicha causa no es otra que la verificación que en las particulares condiciones en que se desenvuelve la economía de nuestro país, el aumento de la demanda no arrastra a la oferta económica. Dicho en otros términos, a pesar de que desde mediados del 2002 la economía tuvo un crecimiento chino en su nivel de actividad, la inversión no ha tenido el mismo comportamiento. Asumir este hecho básico, propio del primer manual de economía que se debe estudiar, supone reconocer las profundas anomalías que presenta nuestro ordenamiento económico.

El milagro de las grandes ganancias

Dicha anomalía se resume en que en nuestro país, los principales actores económicos pueden realizar ganancias extraordinarias sin que para ello sea necesario un proceso de inversión relevante. Semejante milagro tiene una explicación precisa. Es la vigencia de ventaja relativa en términos de costo de producción que sobre los recursos naturales (agroindustria, hidrocarburos, minería, etc.) detenta nuestro país. En el marco de una economía de elevada concentración y centralización de capitales (pocos actores en muchos sectores de actividad) es posible la apropiación –y no la construcción puesto que para ésta hace falta inversión– del excedente económico. Así, si las principales firmas en los principales mercados pueden realizar ingentes ganancias sin necesidad de una inversión relevante, esta es la razón por la cual la inversión brilla por su ausencia. Y es esta ausencia la que en el marco del impulso de la demanda –que se deriva principalmente, no de la política pública, sino de la apropiación concentrada del excedente–, produce la inflación que recae sobre el conjunto de los argentinos.
Sobre este marco general hay un aspecto que merece destacarse: el que remite a la elevada inflación en los alimentos, cuya explicación requiere un agregado particular: el fenomenal proceso de expansión de la soja, producto que se exporta en un 95%, y que ha desplazada producciones primarias que los argentinos consumimos, principalmente trigo y maíz, que son a su vez insumo central de productos que también consumimos (pollo, cerdo, etc.). En este marco, lo que se observa como consecuencia del proceso de sojización es una menor producción de alimentos de consumo interno, lo que explica el aumento superior de los mismos respecto del nivel general de precios.
Reconocer estos hechos supone afirmar un doble fracaso de la actual estrategia económica: el primero de ellos remite a la idea de que el capital concentrado, y si es extranjero mejor, es el garante de un proceso de inversión y modernización productiva. El segundo tiene que ver con que no alcanza sólo con el crecimiento de la demanda para producir inversión, sino que es necesario replantear el modo como se reproduce el capital en nuestro país. Si no es el capital concentrado y menos el extranjero el agente dinámico que precisa el proceso de inversión que necesitamos, se impone como necesario pensar su sustitución por otro actor que no puede ser otro sino que el Estado. Pero no tal como hoy se lo conoce, sino con una participación comunitaria plena. Pensamos en un Área de Economía Pública y Social que comandada por el Estado pueda promover a las pequeñas y medianas empresas, a las fábricas recuperadas, a los emprendimientos autogestionarios, etc., que permitan garantizar el proceso de inversión que necesitamos. Por otro lado, no será sin la modificación de la actual forma en que se apropian los excedentes como se logrará un proceso de inversión.

Reconstruir las cadenas de valor

Por ende, se trata de regular públicamente la captura de las rentas extraordinarias (por vía de una explotación racional de los mismos), para financiar el proceso de desarrollo que necesitamos. Proceso de desarrollo que no solo supone activar las actuales cadenas de valor, sino principalmente reconstruir aquellas que fueron destruidas durante los noventa, y que mantienen en la actualidad su abandono: ferrocarriles, industria naval, sector energético, etc. En esta reconfiguración económica un capítulo central remite a la cuestión agropecuaria, para pasar del cuadro de monocultivo extendido al desafío de la fábrica agropecuaria que los argentinos necesitamos (lo que supone un plan agropecuario con eje en la agricultura familiar y sostenimiento de las producciones destinadas al mercado interno –carne, lácteos, verduras, etc.–).
Creemos que este camino no sólo es necesario sino imprescindible para transformar la Argentina de unos pocos en la de todos.

Fuente: argentinalatente.org